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Jesucristo: su naturaleza y enseñanzas

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Jesús, también conocido como Jesús de Nazareth, es la figura central del Cristianismo y el Hijo de Dios para la mayor parte de las Comunidades cristianas. El Cristianismo considera que Jesús es el Mesías esperado (o “Cristo”) del Antiguo Testamento.

Debido a la falta de archivos históricos precisos, hay algunas controversias sobre los detalles de su vida y enseñanzas. La fuente más utilizada son los cuatro evangelios canónicos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Se cree que fueron escritos entre los años 70 y 200 después de la muerte de Cristo. También otros evangelios no canónicos como los de Tomás, Pedro y María. Es especialmente interesante el descubrimiento de los rollos del mar muerto, que han sacado a la luz textos que se habían perdido.

Los padres de Jesús fueron María y José de Nazareth. Según el evangelio de Mateo y Lucas, Jesús nació en un establo en Belén. También señalan que María era virgen y que el nacimiento fue un milagro del “Espíritu Santo”.

Según los Evangelios, el nacimiento de Jesús fue anunciado a los pastores de los lugares cercanos. Posteriormente tres magos de Oriente visitaron a Jesús y le ofrecieron oro, incienso y mirra.

No se sabe demasiado sobre los primeros años de la vida de Jesús. Los Evangelios se centran en los últimos años de su vida cuando predicó sus enseñanzas. No obstante, se cree que Jesús siguió los pasos de su padre y se formó para ser carpintero. Algunos han sugerido que durante este período Jesús viajó a la India y Persia donde aprendió sobre la tradición espiritual de la India antes de volver a Nazareth a propagar sus enseñanzas.

Los tres evangelios sinópticos señalan que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán. Este bautismo simbólico marca el comienzo del ministerio de Jesús.

Después de su bautismo, Jesús pasó 40 días en el desierto donde fue tentado por el Diablo. No obstante, superó la prueba y rechazó cualquier tentación de adquirir riquezas o ganancias mundanas.

Las enseñanzas de Jesús se caracterizan por ser afirmaciones breves y concisas evocadoras de imágenes para capturar la atención de sus oyentes. Su enseñanza más conocida es el Sermón de la Montaña (Mateo 5:1-7:29):

 

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“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos o humildes, porque ellos poseerán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia o por ser justos, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos seréis cuando los hombres por mi causa os maldijeren y os persiguieren y dijeren con mentira toda suerte de mal contra vosotros”

Una de las principales características de las enseñanzas de Jesús es que se centran en el perdón y el amor incondicional. Representan un alejamiento del Antiguo Testamento que habla del ojo por ojo. Jesús enseñó a sus discípulos a “amar a sus enemigos” y “poner la otra mejilla”. Veamos algunos fragmentos de los Evangelios que dan muestra de ello:

“Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39).

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:38-44).

Jesucristo también nos enseñó que el Reino del cielo está en el interior. Para conseguirlo nos dijo que era necesario no aferrarse al mundo, mantener la humildad y la sencillez y ser como niños.

“El Reino de Dios no es algo que pueda verse. Tampoco se puede decir ‘está aquí o está allí’ porque el Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lucas 17:20).

La radicalidad de sus enseñanzas y el número creciente de seguidores despertaron la suspicacia de las autoridades.

Jesús también fue un sanador. Los Evangelios recogen numerosos milagros en los que Jesús sanó a los enfermos e incluso resucitó a los muertos (Lázaro).

En los últimos meses de su vida, Jesús fue a Jerusalén y fue reverenciado con entusiasmo por las multitudes que gritaban “Hosanna”. Después Jesús entró en el templo y volcó las mesas de los mercaderes, criticándoles por hacer negocios en un lugar sagrado, clamando que habían convertido el templo en una “cueva de ladrones”.

Más adelante en la semana celebró la cena de Pascua con sus trece discípulos. Predijo que sería traicionado por uno de sus discípulos y entregado a las autoridades.

Su predicción se cumplió. Judas traicionó a Jesús ante las autoridades del templo al besarle en la mejilla. Recibió 30 monedas de plata por su traición. Después se arrepintió de su acción y se colgó de un árbol.

Las autoridades judías le preguntaron si era el Hijo de Dios. Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Las autoridades judías lo entregaron a las autoridades romanas para que le acusasen de blasfemia. Poncio Pilatos no quiso que fuese ejecutado porque no veía que hubiese cometido delito contra los romanos. Su mujer tuvo un sueño en el que sintió que era inocente por lo que intentó convencer a Pilatos de que liberase a Jesús. Pilatos ordenó que fuese azotado con la esperanza de que eso aplacase a las autoridades judías. No obstante, seguían queriendo ejecutar a Jesús. En la fiesta de Pascua era costumbre que las autoridades romanas liberasen a un prisionero. Sin embargo, la multitud prefirió liberar a Barrabás, un delincuente condenado. Pilatos se lavó las manos declarándose inocente de la muerte de Jesús.

Después Jesús fue conducido al Calvario para ser crucificado. Tuvo que cargar con la cruz y en un momento del recorrido se desmayó y fue ayudado por Simón de Cirene.

Los tres evangelios sinópticos señalan que Jesús murió en la cruz y un soldado romano le atravesó el costado con una lanza para demostrar que estaba muerto.

 

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La naturaleza de Jesucristo

En los primeros años del Cristianismo hubo mucha controversia sobre la naturaleza de Jesucristo. Algunos pensaban que Jesús era la encarnación directa de Dios y otros que era a la vez divino y humano. Surgieron diferentes comunidades y sectas cristianas que hacían hincapié en diferentes aspectos. Por ejemplo, los Gnósticos subrayaban la inmanencia de Dios y la capacidad de sus seguidores para relacionarse directamente con Dios.

En el año 325, el Concilio de Nicea recopiló las enseñanzas de la Iglesia Cristiana sobre Jesús. Aceptaron los 4 evangelios canónicos y rechazaron muchos otros evangelios. El Concilio de Nicea también dio gran importancia a los escritos y cartas de San Pablo. San Pablo destacó la naturaleza divina de Jesucristo y la importancia de la crucifixión y la resurrección.

 

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Diferentes visiones sobre Jesucristo

Numerosas figuras clave de la Ilustración y el Renacimiento pensaron que Jesús fue un maestro supremo de moral y religión, aunque rechazaron que fuera divino y los milagros, como que nació de una virgen. Por ejemplo, Thomas Jefferson escribió “La vida y Moralejas de Jesús de Nazareth” (conocido como la Biblia de Jefferson). Benjamin Franklin también vio a Jesucristo como un maestro de moral, pero no aceptó todas las doctrinas de la Iglesia Cristiana.

En la tradición India o Hindú, Jesucristo es considerado un Maestro Espiritual realizado o una persona que ha logrado la autorrealización o el Ser Divino. Jesucristo también se considera un Avatar: un ser realizado con la misión especial de despertar a las almas. Numerosos maestros espirituales de India ven a Jesucristo como una “encarnación de Dios”, pero no aceptan que Jesucristo fuese el único en conseguir la realización del Ser.

En la tradición islámica, Jesucristo es considerado un importante profeta de Dios.

 

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